Un nuevo desafío… y una sensación que no podía ignorar
Había empezado un nuevo trabajo, un reto dentro de un sector que conocía bien. Había gestionado ese mismo tipo de servicio en distintos escenarios: empresas nacionales, internacionales, con equipos a mi cargo, con todo subcontratado… En teoría, tenía toda la experiencia necesaria para desempeñar el rol sin dificultades.
Pero esta vez era diferente.

El entorno era joven, con poca experiencia, con estructuras y recursos insuficientes para el nivel de exigencia que se nos pedía. Intenté sumar, aportar, construir equipo, abrir perspectivas. Pero cuanto más me esforzaba, más fuerte chocaba contra un muro invisible: la falta de conexión con mi jefe directo.
En casa, todo estaba en orden. Tenía el apoyo de mi pareja, mis hijos estaban bien, cumplía con mis responsabilidades sin apuros. Y aun así, algo en mí no encajaba. Sentía que mi trabajo no tenía impacto, que mis ideas no eran bien recibidas, que mi energía se diluía en un esfuerzo que no encontraba eco.
¿Era yo la que estaba fallando?
La chispa que encendió la duda
Todo cambió en una reunión anual, donde nos reunimos los responsables regionales. Una coach externa dirigía un ejercicio grupal. Su presencia era serena, su manera de guiar nos envolvía. No imponía respuestas, sino que abría espacios. No nos decía qué hacer, pero nos hacía ver lo que antes no podíamos notar.
Y de pronto, lo sentí: esto era lo que yo necesitaba.
Si ella, desde fuera, podía ayudarnos a mirar las cosas de otro modo, ¿qué pasaría si alguien hiciera lo mismo conmigo? ¿Si pudiera entender mejor lo que estaba viviendo? ¿Si hubiera otra manera de abordar mi realidad, una que yo aún no podía ver?
El impulso fue inmediato. Al terminar la sesión, me acerqué a ella. Le conté, a grandes rasgos, lo que estaba sintiendo. Y una semana después, ya estábamos en nuestra primera sesión de coaching.
Mi primer encuentro con el coaching: cuando el espejo se vuelve claro
No sabía exactamente qué esperar. No había un diagnóstico previo, no había tareas entre sesiones, no había una receta mágica. ¿Cómo podía ayudarme alguien que apenas me conocía?
Pero confié. Y en esa primera sesión entendí que lo que realmente necesitaba no era que alguien me diera respuestas, sino que me ayudara a encontrar las preguntas correctas.
Descubrí que las relaciones son un baile de dos. Que no podía cambiar la actitud de mi jefe, pero sí la manera en que yo respondía a su indiferencia. Que a veces, lo que uno cree que es una propuesta de colaboración, otro lo percibe como una amenaza.
Y lo más revelador: empecé a intuir que, quizá, ese lugar ya no era para mí.
Esa semilla, aunque en su momento solo era un destello, marcó el inicio de la transformación que vendría después.
El cambio que me llevó a mi verdadero camino
El coaching no me dio soluciones prefabricadas, pero me devolvió el poder de elegir.
Dejé de esperar que mi jefe se interesara por mí. Si nunca preguntaba por mi familia, ¿por qué iba a seguir sintiéndome frustrada por ello? Solté la expectativa. Me enfoqué en entregar lo que me pedían, en lugar de luchar por lo que yo creía que debía ser valorado. Y qué liberación sentí.

Pero el proceso no se quedó ahí. Sesión tras sesión, fui desmontando creencias que habían guiado mi vida durante años. Me di cuenta de cuántas veces había estado atada a mandatos invisibles, a “deberías” que ya no resonaban conmigo.
Y en ese espacio de claridad y confianza, volví a conectar con algo que siempre había estado en mí: el deseo de aprender, de acompañar a otros, de facilitar procesos de transformación.
Ya me había certificado como Practitioner en PNL. Y ahora, el coaching me llamaba con fuerza. Decidí formarme. Y unos años después, aquí estoy. Acompañando a otros en su propio viaje de descubrimiento.
¿Y si tú también dieras el paso?
Si alguna vez has sentido esa sensación de desconexión—ese vacío sutil que no puedes explicar del todo, esa certeza de que hay algo más para ti pero no sabes por dónde empezar—quiero decirte algo: no tienes que atravesarlo solo/a.
El coaching no es un lujo. No es para cuando “todo está mal”. Es para cuando decides que no quieres seguir viviendo en piloto automático. Es para cuando te atreves a escucharte y a descubrir el poder de tus propias respuestas.
Si sientes que este puede ser tu momento, estaré encantada de acompañarte.
Porque, créeme, cuando te permites explorar lo que es posible para ti, todo empieza a cambiar.
¿Hablamos? Estoy aquí para escucharte.

